San
Vicente Ferrer y el positivo valor religioso de las Imágenes de
Semana Santa
Rvdo. Sr. D. Jose
Vicente Olmos, Excelentísimo Sr. Alcalde de Alboraya D. Manuel Álvaro,
Presidente de la Junta Local de Hermandades de Semana Santa de
Alboraya D. Vicente Sanmartín Garrigós, muy dignas autoridades
civiles y eclesiásticas, Sres. Presidentes y miembros de las
distintas Cofradías, señoras y señores, amigos todos, que con
vuestra presencia honráis y enaltecéis este hermoso acto
testimonial:
El día que me
comunicaron que había sido nombrado pregonero de esta Semana
Santa, acepté sin meditación, imprudentemente, porque después,
ya sosegado, pensé que había sido una temeridad y una
irresponsabilidad por mi parte, dado que había sobradas causas o
motivos para no haberme comprometido.
Verdaderamente en
aquel momento me sentí empequeñecido, diminuto, ante la gran
responsabilidad que percibí al encargarme de este pregón, además
de otras razones, porque comprendí lo difícil que me resultaría
quedar al nivel de los pregoneros que me habían precedido, todos
ellos hombres de una calidad sobresaliente, además de magníficos
poetas y consumados oradores, como el inolvidable y bien recordado
D. Ignacio Carrau Leonarte, o el conocedor de los cuerpos tanto
como del espíritu de los hombres D. Vicente Cristóbal Grau Monrós,
o el laureado y enamorado de la poesía Miguel Martí Cortés o
como el ameno y fácil orador D. Andrés de Sales Ferri Chulió, y
llegué al convencimiento de que no es lo mismo desarrollar el
tema de un pregón para una fiesta profana, que para el de una
festividad de carácter religioso.
El primero ha de ser
desenfadado, alegre, dicho con cierta frivolidad y desparpajo, y
los pregoneros suelen ser elegidos, a veces, más por la
importancia o una relativa fama del continente que por el interés
que pueda resultar del contenido, privando en su elección
intereses políticos, personales y en otras ocasiones sugeridos o
impuestos desde las sombras, aunque cuando se conjunta y armonizan
de bondad ambos conceptos antedichos, muchas veces resultan
pregones admirables. Por otra parte, el pregón de signo devoto,
dicho por un seglar, es más comprometido, más serio, menos
brillante y se presta a escaso lucimiento personal, porque ha de
llevar implícito un mensaje, un contenido espiritual reflexivo,
envuelto, a ser posible, en un lenguaje poético, sobre todo si se
trata de pregones de Semana Santa, en que se han de rememorar los
hechos dolorosos de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor
Jesucristo.
Me asusté por haberme
comprometido a ser el pregonero de esta ocasión dado que, en
definitiva, un pregonero es como un heraldo anunciador de actos
memorables o trascendentales, es un cometido que podríamos
calificarlo como profesión de ángeles, como el historiador de
Ciudad Rodrigo, Sánchez Cabañas, definió así mismo a los que
como él eran cantores de coro de la catedral, heraldos
precursores y anunciadores de un acontecimiento sobresaliente,
para el que se invita a participar a las gentes. Y sentí miedo,
porque no me consideraba importante para tal cometido, ni soy
poeta, como los otros pregoneros antecesores, para engarzar las
palabras y ensartarlas como si fueran perlas o piedras preciosas,
para construir hermosas frases de elevados conceptos, ni soy teólogo
o Cristólogo para haceros comprender o tratar de explicaros el más
estremecedor de los misterios y la más conmovedora y emocionante
efeméride del calendario litúrgico de la cristiandad.
Si será importante la
misión y elección de un mensajero, que para transmitir el más
sublime de los mensajes, Dios no consideró al hombre lo
suficientemente puro, lo suficientemente perfecto, a pesar de
haberlo creado a su imagen y semejanza, y no conformándose
tampoco con un ángel, eligió a alguien de rango superior, al arcángel
San Gabriel como enviado especial para transmitirlo.
Y me sentí más pequeño
todavía al evocar la figura de San Juan Bautista, el precursor de
la Palabra, que predicó y anunció la venida de Cristo, que murió
decapitado como si hubiera sido mensajero de noticias funestas, y
medité que la Iglesia es también mensajera de la palabra de
Dios, y entonces caí en la cuenta de que, como miembro o parte de
esa Iglesia, era ineludible mi compromiso de cumplir con la
palabra dada a mis hermanos de credo, porque claudicar habría
sido un acto de cobardía y no habría cumplido con mi deber de
cristiano.
Por todo lo expresado,
sentí miedo de venir a hablar ante vosotros, me abrumó el peso
de la responsabilidad, el no estar ungido con la Palabra para
poderos expresar, no sólo con fervor sino con hondura de
pensamiento los misterios de la Vida y Muerte de nuestro Señor,
pero como hay muchas formas de llegar hasta el Señor y cantar sus
alabanzas, decidí presentarme ante vosotros, con la fe sencilla,
firme e inquebrantable del carbonero, pues para exponer
razonamientos teológicos, me enseñaron a decir de niño, según
el catecismo de Astete que doctores tiene la Santa Madre Iglesia
que os sabrán responder.
Dicho todo esto,
trataré de manifestarme y hablar ante vosotros, según mi corto
saber y entender, sobre mi tocayo San Vicente Ferrer y el positivo
valor religioso de las imágenes que procesionais:
San
Vicente Ferrer nació en Valencia el 23 de enero de 1350. Su casa
natalicia distaba muy poco del Real Convento de Predicadores o
Dominicos establecidos en Valencia por singular gracia del rey Don
Jaime I el Conquistador, del cual conmemoramos este año el VIII
Centenario de su nacimiento. El gran prestigio que siempre
tuvieron en aquella capital los frailes predicadores, el contacto
habitual que nuestro Santo debió tener con ellos desde su niñez,
y el interior llamamiento de Dios, determinaron en Vicente la
resolución de vestir el hábito blanco y negro de los dominicos.
Era un hombre formado para la predicación, pues no en vano bajo
el signo de su voz las enemistades públicas cedían al abrazo de
la paz, los pecadores experimentaban la mordedura del
arrepentimiento y los hambrientos de perfección le seguían a
todas partes en una permanente compañía de fervoroso apoyo.
San
Vicente Ferrer hacía su camino acompañado de una numerosa
comitiva; a menudo, eran más de diez mil las personas que
formaban “su ejército de pan”. Gentes que, siguiéndole,
colaboran en su obra, rezando, haciendo penitencia y trabajando;
todos vivían de la labor de sus manos. Los hombres ivan delante
presididos por la imagen del Santo Cristo; las mujeres detrás,
con el estandarte de la Virgen; y fray Vicente Ferrer, en medio,
junto con los clérigos y sacerdotes que le ayudan en los
ministerios. Avanzaban a pie, vestidos de pardo y con el bordón
de peregrino en la mano. Él
organizaba aquella imponente comunidad de disciplinantes que en
conmovedoras procesiones penitenciales producía en los
espectadores un escalofrío de compunción y la eficaz mudanza de
vida.
Nuestros Hermanos de
Medina del Campo, Valladolid, tienen el honor de haber recibido la
visita de este nuestro Santo, San Vicente Ferrer, allá por el año
del Señor de 1411, instituyendo las procesiones
de disciplina. Tenemos, más o menos, el relato de cómo pudo
suceder:“A su llegada a Medina del Campo, el Santo dominico,
como tenía costumbre, envió por delante un pequeño grupo de
mensajeros para organizar el recibimiento al enviado de Dios. El
pueblo salió a recibirle, organizándose una procesión hasta la
iglesia con cantos piadosos y penitenciales. Al predicador le
acompañaba una comitiva, de sacerdotes, religiosos y seglares
encargados de atender las necesidades materiales, de confesiones y
catequesis, así como para ordenar el hospedaje de todos los que
le seguían de un lugar a otro y guardar el orden en las
procesiones de disciplinantes”.