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Pregones Semana Santa Alboraya

 

 

AÑO 2008

San Vicente Ferrer y el positivo valor religioso de las Imágenes de Semana Santa 

 

Rvdo. Sr. D. Jose Vicente Olmos, Excelentísimo Sr. Alcalde de Alboraya D. Manuel Álvaro, Presidente de la Junta Local de Hermandades de Semana Santa de Alboraya D. Vicente Sanmartín Garrigós, muy dignas autoridades civiles y eclesiásticas, Sres. Presidentes y miembros de las distintas Cofradías, señoras y señores, amigos todos, que con vuestra presencia honráis y enaltecéis este hermoso acto testimonial:

    

El día que me comunicaron que había sido nombrado pregonero de esta Semana Santa, acepté sin meditación, imprudentemente, porque después, ya sosegado, pensé que había sido una temeridad y una irresponsabilidad por mi parte, dado que había sobradas causas o motivos para no haberme comprometido.

    

Verdaderamente en aquel momento me sentí empequeñecido, diminuto, ante la gran responsabilidad que percibí al encargarme de este pregón, además de otras razones, porque comprendí lo difícil que me resultaría quedar al nivel de los pregoneros que me habían precedido, todos ellos hombres de una calidad sobresaliente, además de magníficos poetas y consumados oradores, como el inolvidable y bien recordado D. Ignacio Carrau Leonarte, o el conocedor de los cuerpos tanto como del espíritu de los hombres D. Vicente Cristóbal Grau Monrós, o el laureado y enamorado de la poesía Miguel Martí Cortés o como el ameno y fácil orador D. Andrés de Sales Ferri Chulió, y llegué al convencimiento de que no es lo mismo desarrollar el tema de un pregón para una fiesta profana, que para el de una festividad de carácter religioso.

    

El primero ha de ser desenfadado, alegre, dicho con cierta frivolidad y desparpajo, y los pregoneros suelen ser elegidos, a veces, más por la importancia o una relativa fama del continente que por el interés que pueda resultar del contenido, privando en su elección intereses políticos, personales y en otras ocasiones sugeridos o impuestos desde las sombras, aunque cuando se conjunta y armonizan de bondad ambos conceptos antedichos, muchas veces resultan pregones admirables. Por otra parte, el pregón de signo devoto, dicho por un seglar, es más comprometido, más serio, menos brillante y se presta a escaso lucimiento personal, porque ha de llevar implícito un mensaje, un contenido espiritual reflexivo, envuelto, a ser posible, en un lenguaje poético, sobre todo si se trata de pregones de Semana Santa, en que se han de rememorar los hechos dolorosos de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

    

Me asusté por haberme comprometido a ser el pregonero de esta ocasión dado que, en definitiva, un pregonero es como un heraldo anunciador de actos memorables o trascendentales, es un cometido que podríamos calificarlo como profesión de ángeles, como el historiador de Ciudad Rodrigo, Sánchez Cabañas, definió así mismo a los que como él eran cantores de coro de la catedral, heraldos precursores y anunciadores de un acontecimiento sobresaliente, para el que se invita a participar a las gentes. Y sentí miedo, porque no me consideraba importante para tal cometido, ni soy poeta, como los otros pregoneros antecesores, para engarzar las palabras y ensartarlas como si fueran perlas o piedras preciosas, para construir hermosas frases de elevados conceptos, ni soy teólogo o Cristólogo para haceros comprender o tratar de explicaros el más estremecedor de los misterios y la más conmovedora y emocionante efeméride del calendario litúrgico de la cristiandad.

    

Si será importante la misión y elección de un mensajero, que para transmitir el más sublime de los mensajes, Dios no consideró al hombre lo suficientemente puro, lo suficientemente perfecto, a pesar de haberlo creado a su imagen y semejanza, y no conformándose tampoco con un ángel, eligió a alguien de rango superior, al arcángel San Gabriel como enviado especial para transmitirlo.

    

Y me sentí más pequeño todavía al evocar la figura de San Juan Bautista, el precursor de la Palabra, que predicó y anunció la venida de Cristo, que murió decapitado como si hubiera sido mensajero de noticias funestas, y medité que la Iglesia es también mensajera de la palabra de Dios, y entonces caí en la cuenta de que, como miembro o parte de esa Iglesia, era ineludible mi compromiso de cumplir con la palabra dada a mis hermanos de credo, porque claudicar habría sido un acto de cobardía y no habría cumplido con mi deber de cristiano.

    

Por todo lo expresado, sentí miedo de venir a hablar ante vosotros, me abrumó el peso de la responsabilidad, el no estar ungido con la Palabra para poderos expresar, no sólo con fervor sino con hondura de pensamiento los misterios de la Vida y Muerte de nuestro Señor, pero como hay muchas formas de llegar hasta el Señor y cantar sus alabanzas, decidí presentarme ante vosotros, con la fe sencilla, firme e inquebrantable del carbonero, pues para exponer razonamientos teológicos, me enseñaron a decir de niño, según el catecismo de Astete que doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os sabrán responder.

    

Dicho todo esto, trataré de manifestarme y hablar ante vosotros, según mi corto saber y entender, sobre mi tocayo San Vicente Ferrer y el positivo valor religioso de las imágenes que procesionais:

 

San Vicente Ferrer nació en Valencia el 23 de enero de 1350. Su casa natalicia distaba muy poco del Real Convento de Predicadores o Dominicos establecidos en Valencia por singular gracia del rey Don Jaime I el Conquistador, del cual conmemoramos este año el VIII Centenario de su nacimiento. El gran prestigio que siempre tuvieron en aquella capital los frailes predicadores, el contacto habitual que nuestro Santo debió tener con ellos desde su niñez, y el interior llamamiento de Dios, determinaron en Vicente la resolución de vestir el hábito blanco y negro de los dominicos. Era un hombre formado para la predicación, pues no en vano bajo el signo de su voz las enemistades públicas cedían al abrazo de la paz, los pecadores experimentaban la mordedura del arrepentimiento y los hambrientos de perfección le seguían a todas partes en una permanente compañía de fervoroso apoyo.

San Vicente Ferrer hacía su camino acompañado de una numerosa comitiva; a menudo, eran más de diez mil las personas que formaban “su ejército de pan”. Gentes que, siguiéndole, colaboran en su obra, rezando, haciendo penitencia y trabajando; todos vivían de la labor de sus manos. Los hombres ivan delante presididos por la imagen del Santo Cristo; las mujeres detrás, con el estandarte de la Virgen; y fray Vicente Ferrer, en medio, junto con los clérigos y sacerdotes que le ayudan en los ministerios. Avanzaban a pie, vestidos de pardo y con el bordón de peregrino en la mano. Él organizaba aquella imponente comunidad de disciplinantes que en conmovedoras procesiones penitenciales producía en los espectadores un escalofrío de compunción y la eficaz mudanza de vida.

Nuestros Hermanos de Medina del Campo, Valladolid, tienen el honor de haber recibido la visita de este nuestro Santo, San Vicente Ferrer, allá por el año del Señor de 1411, instituyendo las procesiones de disciplina. Tenemos, más o menos, el relato de cómo pudo suceder:“A su llegada a Medina del Campo, el Santo dominico, como tenía costumbre, envió por delante un pequeño grupo de mensajeros para organizar el recibimiento al enviado de Dios. El pueblo salió a recibirle, organizándose una procesión hasta la iglesia con cantos piadosos y penitenciales. Al predicador le acompañaba una comitiva, de sacerdotes, religiosos y seglares encargados de atender las necesidades materiales, de confesiones y catequesis, así como para ordenar el hospedaje de todos los que le seguían de un lugar a otro y guardar el orden en las procesiones de disciplinantes”.

 

 


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